Día 14: Narita maratón

El diario de Maryam: 'Lo que no tengo a quien contar'

23 de agosto de 2016

Día 14: Narita maratón

Hoy nos levantamos temprano para llegar con calma al aeropuerto. Teníamos que coger un cercanías y luego un tren exprés al aeropuerto. Salimos del apartamento a las 8. Hora punta nipona. Ya en el trayecto a la estación veíamos a todo el mundo a paso rápido. La entrada en la estación era un corre caminos.

Pasamos con éxito el primer tramo. Ahora teníamos que hacer transbordo al Narita exprés, la velocidad de la gente era aún mayor que en la otra estación, cruces en zigzag por mil salidas, si te parabas te arrollaban. Nosotras las únicas occidentales en medio de aquel tumulto. Respiramos hondo y cogimos siguiendo la señal del avioncito (una de mis señales preferidas en cualquier parte del mundo, incluso en la M30 de Madrid. Me ha sacado de más de un apuro) con la lengua fuera llegamos al andén en el momento que el tren iba a salir, con un salto de pértiga maleta en mano cogimos el tren. Una hora de trayecto y llegamos al limpio e inmaculado Aeropuerto de Narita.

Algún día escribiremos un relato de cómo sobrevivir en los viajes sin mirar guías y seguir horarios, sólo a golpe de potra.

Dejamos Tokio con lluvia torrencial y el tifón merodeando. Ahora nos vamos a Milán a cenar con mi querido amigo Marco y poder descansar un poco antes de llegar a Madrid.

Sayonara Japón, volveremos.

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Día 13: Barrio de Shibuya y colegialas niponas

El diario de Maryam: 'Lo que no tengo a quien contar'

22 de agosto de 2016

Día 13: Barrio de Shibuya y colegialas niponas

Hoy, nuestro último día en Tokio, decidimos pasear por Shibuya – el tifón, contra todo pronóstico, parecía estar calmado – así que nos aventuramos por esta zona. Nos llevamos una gran sorpresa. Dicen que es el Japón cool. No sabría qué nombre darle, lo que si nos dimos cuenta que parecía otro país: sucio, había mendigos en la calle, la gente era maleducada y nada respetuosa, bulliciosa, colorista, masificado (cruzamos por el cruce de peatones más aglomerado del mundo, donde la gente cruza a la vez en todos los sentidos, con pantallas gigantes de televisión por todas partes). Hubo un momento que no sabía si estaba en Tokio o en Times Square. Un horror para nuestra alta sensibilidad.

Nos dimos cuenta que una gran parte de la juventud japonesa parece actuar y comportarse en extremo de rebeldía a sus tradiciones. Llevan el pelo de colores, se visten de forma contra cultural, sus modales son mucho menos sofisticados, carecen de la delicadeza nipona (hermosa para mi gusto) son más rudos en sus modales.

En concreto nos sorprendieron, en la calle Takeshita (con un diseño retro-futurista) en la que una enorme cantidad de chicas se pasean vestidas como colegialas (un punto porno) con pompones, coletas y mochilas de colores, otras llevan un look heavy metal. Era una amalgama de colorido, de multiculturalidad, de consumo de lencería, ropa, productos de belleza, merchandising de ídolos japoneses y coreanos.

Todo país ha de evolucionar, toda persona ha de romper sus cordones umbilicales, pero perder las tradiciones es homogeneizarse. Es una pena. La globalización está acabando con la singularidad de los países. Este nuevo Japón parece estar perdiendo parte de su armonía, y orden. Igual era demasiado rígido, pero a mi entender creo que tenía que ver con la idiosincrasia de este país.

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Día 12: Y llego el tifón

El diario de Maryam: 'Lo que no tengo a quien contar'

21 de agosto de 2016

Día 12: Y llego el tifón

Mientras dormíamos en el Ryokan escuchamos que decían algo por el altavoz, incomprensible para nosotras. Sin darle apenas importancia bajamos a desayunar cuando nos avisaron, desayuno Japo de verdad (sólo comimos el huevo negro (típico de la zona: cocidos en a 100 grados en el agua del manantial) y lo demás lo enmerdamos un poquito para disimular) también nos pusieron yuba, tofu, umeboshi (ciéruelas pasas), soba, salmón, sopa de miso y arroz.

Nos tomamos el último baño termal y salimos bajo la lluvia torrencial con nuestro súper modelo de impermeable, totalmente amortizado, a coger el autobús. Esperamos bajo una lluvia interminablemente 10 minutos, finalmente llego cuando estábamos al borde de la desesperanza. El autobús abarrotado nos llevó durante más de una hora a la estación de tren. Allí aprendimos que estaba habiendo un tifón. Ya nos parecía que aquella lluvia no era para nada normal.

De nuevo un tren, transbordo, más transbordo y otro más llegamos al apartamento que alquilamos en un barrio cerca de Shibuya por aquello de vivir un par de días al modo Japo. En 20 metros de apartamento tienen de todo. Diría que demasiado. Abogo por un poco de minimalismo y un gusto más europeo. Dios que cosa tan incómoda.

Aquí en el barrio nos fijamos que los Japos después de trabajar o se compran la comida hecha en un tipo Seven Eleven o cenan en un restaurante. El alcohol parece que les gusta, vemos que mezclan todo: vino tinto, cerveza, blanco y champan… lo más anecdótico a este respecto es que el otro día les vimos desayunar a las 8:30 con vino blanco, los hay peores que nosotras. Lo que pasa es que estos parece que no matan una mosca. Pues hasta le tocan el culete a la pareja por la calle, para que luego digan que no tienen expresiones emocionales.

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Día 11: Hakone adventure

El diario de Maryam: 'Lo que no tengo a quien contar'

20 de agosto de 2016

Día 11: Hakone adventure

Hoy salimos de Tokio sobre las 10 de la mañana con destino a la gran aventura del viaje: monte Fuji, ya sin ticket para el tren bala (Shinkansen). Cogimos primero el metro, luego un tren local, luego un tren de montaña estiló suizo que nos fue llevando monte a través y finalmente un autobús, al final después de unas cuantas horas, mejor no contar, llegamos a nuestros Ryokan (un spa japonés con baños termales de aguas sulfurosas).

La entrada fue triunfal: después de quitarnos los zapatos, nos pasaron a una salita en la que había una balda con dos marcas oscuras y una especie de apoya pies en el suelo, sin dudarlo nos sentamos en las marcas oscuras y pusimos los pies en esos cojínitos. Cuando llego la mándame Japo nos indicó que nos sentáramos donde habíamos puesto los pies. Al sentarnos nos pusimos mirando a la pared y nos volvió a pedir muy amablemente que nos sentáramos al revés mirando el jardín. Entonces nos abrió las carpetitas marrones (donde nos habíamos sentado) para hacer el check in. Fue tal la paletada que nos dio tal ataque de risa que casi no pudimos disfrutar la taza de té y el dulce de recibimiento.

Luego nos acompañó a nuestra habitación, toda de tatami, súper al estilo de aquí. Después de descansar un poquito nos dedicamos al dulce placer de cuidarnos: baño termal, agua fría, baño termal, duchita, cremitas, mascarilla… Y luego cena picnic en la room, eso sí vestidas de kimono.

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Día 10: Tokio (Asakusa)

El diario de Maryam: 'Lo que no tengo a quien contar'

19 de agosto de 2016

Día 10: Tokio (Asakusa)

Hoy amaneció lloviendo a cántaros así que nos lo tomamos con mucha tranquilidad, desayunito europeo, pasito por el templo Sensoji y las calles de souvenirs, definitivamente éste, pese a ser el barrio más antiguo de Tokio, no nos ha gustado mucho, lo encontramos muy turístico y menos limpio y ordenado que otras zonas.

Como van quedando menos días decidimos dar una segunda oportunidad a la comida Japo: tempura y arroz a golpe de palillo con un vasito de vino (por aquello de digerirlo mejor). Sigue sin ser lo mío, lo siento.

Por la tarde con nuestro súper modelo de agua decidimos aventurarnos al otro lado del río donde están el Tokio Skytree Town, la torre más alta del mundo de 634 metros, se llama el barrio de Sumida. Ryogoku, no sabemos bien cómo llegamos ahí, nos encantó, nada que ver.

Paseamos por al borde del río. Como siempre no sabemos bien cómo llegamos allí, nos encantó la zona. Entramos en un centro comercial increíblemente grande, allí nos dedicamos a ver moda Japo: totalmente de ursulina, no hay manera de encontrar algo mono. Imposible tentarse.

Ya de camino al hotel encontramos un restaurante precioso con tulipanes naturales en jarrones, no pudimos resistirnos a tomar una ensalada natural (que ganas de verde) y una copita de vino. El presupuesto no da para más jaja…

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Día 9: Takayama – Tokio (barrio de Asakusa)

El diario de Maryam: 'Lo que no tengo a quien contar'

18 de agosto de 2016

Día 9: Takayama - Tokio (barrio de Asakusa)

Volvimos a desayunar en El café Don, hoy ya nos recibieron como auténticas clientas, nos dieron la mejor mesa del lugar y nos amenizaron con música de jazz, un disfrute para los sentidos.

De ahí nos dirigimos al mercado local, donde los campesinos venden sus pequeñas producciones de tomate, melocotones, berenjenas, calabazas y calabacines diminutos, modelo bonsai. También había artesanía hecha por ellos. Nos encantó conocer este Japón rural, que personalmente ni imaginaba que existía.

Partimos hacia Tokio ya con dominio: con lugar reservado, revisor llevándonos hasta el mismo vagón y sabiendo donde dejar las maletas para no cargar con ellas. Es una pena que hoy nos caduque el pase, Japan Raíl, porque ya nos habíamos vuelto maestras de la técnica.

La llegada a la estación de Tokio fue una locura, gente corriendo por todas partes, miles de señales, la mayoría en Japo… Aún no se ni como sobrevivimos, que estrés y que locura de corre que te corre. Decidimos probar el metro que aún no lo habíamos hecho… Un poco viajecillo pero muy bien comunicado con todo. Llegamos al hotel en Asakusa (el barrio más antiguo de Tokio) de nuevo habitación diminuta, ya le estamos también cogiendo el hilo a esto de tamaño (definitivamente el tamaño importa).

Asakusa es como la puerta del sol y la calle mayor, de mucho turisteo, nada que ver con Ginza (barrio de Salamanca) donde fuimos al principio, pero queríamos conocer diferentes barrios.

La cena hoy ha sido más modesta: pizza y vino; con el brexit hemos tenido que ajustar el presupuesto. También tiene su punto eso de estar reajustándonos jajaja…

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Día 2: mercado Tsukiji y Ginza

El diario de Maryam: 'Lo que no tengo a quien contar'

11 de agosto de 2016

Día 2: mercado Tsukiji y Ginza

Día completo, vagabundeando y descubriendo esta cultura tan sorprendente. El mercado multicolor lleno de utensilios de cocina, platos del día expuestos en vivo o realizados en cera, más de un pescado natural o envasado en bolsas sintácticas nos han dado la primera visión de lo que entendemos aún por el Japón más auténtico… Se respiraba paz, silencio y me maravilló el cuidado de cada pequeño detalle: los envoltorios, los pastelitos, la forma de colocar las frutas y los vasitos de té…

He de confesar, y no me importa, que a ninguna de las dos nos gusta la comida japonesa, todavía nos estamos resistiendo, sabemos que algún día sucumbiremos a esa parte del viaje que suelen denominar de delicatesen… Todavía no hemos sido capaces… Hemos recorrido más de 2 km en busca de un mísero pedacito de pizza (tampoco es nuestro fuerte) y por supuesto el ansiado vino blanco jajaja, eso sí con aceitunas aderezadas al toque del tempura, por aquello de estar en Tokio. La cena nos costó 35 euros, nos devolvieron 60 euros que cogimos pensando que nos habíamos equivocado, ya en el hotel nos dimos cuenta que se habían equivocado ellos.

Nos han encantado los edificios modernos, las impolutas calles sin ni siquiera papeleras, el caminar delicado de las mujeres vestidas de ursulinas, los ceniceros inexistentes… la no prisa y el saludo reverencial de cabeza en cualquier organismo (como andarán de cervicales los pobrecitos, no paran de agacharse) se respira un toque de Segunda Guerra Mundial, los taxistas y revisores trajeados con guante blanco… los ejecutivos de caminar cansado y un punto soberbio. El consumo de lujo común para nosotras excesivo… los niños de ojos rasgados vestidos de colores con caritas sonrientes. La emocionalidad sí visible pese a lo que siempre critican de los japoneses.

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