Día 5: «De Confucio a la Marionetas acuáticas»

El diario de Maryam: 'Lo que no tengo a quien contar'

2 de agosto de 2018

Día 5: "De Confucio a la Marionetas acuáticas"

Empezamos el día en un mercado al por mayor lleno de pasillos por sectores de todo tipo, desde puestos sólo de celo, de alfombras, zapatos, bolsos… Una locura de gente y de estrés. De ahí nos fuimos al templo de la literatura, una joya vietnamita, lugar de estudio y sabiduría, en el que enseñaba Confucio los principios éticos del confucianismo, que deben ser la norma de comportamiento en una vida humana, dos conceptos: la compasión que induce a socorrer a los semejantes, y la equidad que lleva al respeto por los bienes ajenos y la posición social de cada cual. Ten vigentes y necesarios hoy en día.

Nos regresamos en rickshaw (vehículo transportado por una bicicleta) al centro y recorrimos la zona de imitaciones de lujo para ver que es lo que por aquí se estilaba. Sin tentaciones, regresamos al Lago para comer y refrescar. El calor sigue siendo algo alto, pero lo que es un horror es el número de bocinas de coches y motos que suenan por segundo, ahora ya sabemos que el objeto es avisar.

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Día 6: Isla de Miyajima

El diario de Maryam: 'Lo que no tengo a quien contar'

15 de agosto de 2016

Día 6: Isla de Miyajima

Hoy desde Hiroshima cogimos el ferry a la isla de Miyajima. Viajar por este país empieza a resultarnos ya muy fácil, tras la confusión inicial nos damos cuenta que está todo muy claro indicado, siempre y cuando no te salgas del procedimiento (algo difícil para mí. He de confesar que estoy progresando adecuadamente). Si ponemos atención ya llegamos a entender el japonés jaja.

La isla es un tesoro de 2 km en el mar Seto, lo primero que te sorprende es encontrar un Tori de más 16 metros en medio de la arena si hay marea baja o en el medio del mar (mucho más bonito) si hay marea alta. Con nuestra suerte tuvimos la ocasión de verlo de las dos formas.

Luego nos fuimos caminando al parque Momijidani sin ser consciente que poco más que era una escalada de 3 horas al monte Misen, sin dudarlo, bajo un sol de justicia, nos encaminamos monte arriba 530 m. Por el camino descubrimos un templo por la Paz que tiene una llama encendida desde hace más de 1200 años, dicen que la encendió un asceta que quedo allí más de 100 días, yo creo que fue para recomponerse de la subida, porque madre mía… bajamos en funicular.

Luego Isa probó las ostras a la plancha, mangar típico del lugar, para quien le gusten, yo preferí un zumito de kiwi, el sabor me resulto más seguro.

De regreso, ya en Hiroshima como llovía a cántaros decidimos probar el tranvía. Creo que nos faltaba aún un poco de aventura, al bajarnos nos cayó una tromba de agua que prometía dejarnos empapadas si no hubiera sido por el súper impermeable que encontramos por 5 euros en el Seven Eleven… El piezon modelo muji para nuestros demás viajes: una joya cuya calidad es de difícil hallazgo.

Acabamos el día al son del penne arrabiata, el risotto y la botella de vino bianco de rigor. Por cierto, también estamos perfeccionando el italiano con acento nipón.

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Día 4: Nara

El diario de Maryam: 'Lo que no tengo a quien contar'

13 de agosto de 2016

Día 4 Nara

De nuevo nos toca la gorda, llegamos a la estación y el tren a Nara sale en 5 minutos, ni necesitamos correr. A nuestro alrededor todos los turistas cargados de mochilas, guías, mapas y horarios de trenes. Nosotras ligeras de equipaje llegamos a los mismos lugares sin estrés.

Ya dentro del tren vemos que casi todos se bajan en Inari, sin preguntar decidimos hacer lo mismo, pues nos damos cuenta que ahí está unos de los templos sintoístas que más nos apetece ver Fushimi Inari. Después de unos rezos y petición de deseos al modo de aquí (ya dominamos la práctica: moneda, toque de cuerda con sonido de cascabel, reverencia, palmitas, petición de deseo y reverencia) nos adentramos en el templo Fushimi dedicado al dios Shinto del arroz, y recorremos los senderos marcados con miles de puertas tori color rojo que tanto nos recuerda las imágenes de Memorias de una Geisha… que preciosidad.

De ahí salimos a la búsqueda del siguiente templo, Kasuga, pensamos que está a 20 minutos caminando y sin dudarlo nos ponemos en marcha, y a los 5 minutos nos dimos de frente con él. Fue una de esas alegrías sencillas de la vida que hacen mucha ilusión, pues el calor estaba ya en fase de derretirnos. Allí encontramos un lugar de esos que invitan a estar con uno, y al deleite de un té verde frío (está buenísimo) donde con calma nos tomamos el tiempo de escribir nuestros deseos y dejar allí constancia de esta visita, mientras respiramos el dulce aroma de lo antiguo.

De nuevo en la estación descubrimos una nueva señal del WC (después de usar eche jabón en una toallita y límpielo). No creo que yo esté obsesionada pero aquí el WC es un asunto, creo que voy a comenzar una colección de cartelitos.

De vuelta en Kioto apenas sin espera de trenes, decidimos caminar hacia el hotel para seguir disfrutando la ciudad y los pequeños lugares que van saliendo a nuestro encuentro. Nos ha encantado Kioto es de esos lugares que uno encuentra por el mundo en el que conviven bien dos mundos. Son sitios en el que los viajeros (no turistas) varan un tiempo antes de proseguir el viaje… siempre me han gustado estos enclaves.

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