Seres conscientes abiertos al amor

El diario de Maryam: 'Lo que no tengo a quien contar'

3 de marzo de 2021

Seres conscientes abiertos al amor

Actualmente se habla mucho de consciencia, de seres humanos consciente, hombre y mujeres conscientes, parejas conscientes… sin embargo, no sé hasta qué punto sabemos de lo que hablamos, pues ser consciente no es encender un interruptor de la noche a la mañana y cambiar nuestra vida, hacer mindfulness o cualquier técnica oriental de moda con la falsa promesa de abrirnos al despertar.

Personalmente creo que dar pasos hacia el camino de la consciencia es un trabajo que lleva una vida, que no acaba nunca, que muchas veces vas hacia delante, pero muchas otras hacia atrás, porque el EGO siempre está en juego, distrayéndonos con malas pasadas. Para transitar por dicho sendero se requiere mucho silencio, observación (las técnicas orientales ayudan), atención, dedicación y persistencia.

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La vida es un movimiento de relación

8 de abril de 2015

La vida es un movimiento de relación. Dos personas que viven juntas quizás se encuentren en la cama, pero por lo demás llevan vidas con intereses distintos. Son como dos líneas paralelas que nunca se encuentran. Y a esto, en lo que no existe un verdadero sentimiento de amor, llamamos relación.

¿Cómo es que los seres humanos con sus extraordinarias capacidades y su energía, con la inteligencia que han demostrado en el plano tecnológico, no han sabido resolver esta cuestión, este problema tan esencial? Ya puede uno meditar, dedicar su vida a la búsqueda de la iluminación, seguir al último gurú o a la última manifestación de lo que quiera que uno siga; si uno no ha resuelto este problema, ninguno de sus logros espirituales ni hallazgos tecnológicos le servirá de nada. Porque nuestra vida es relación, y mientras no resolvamos esta cuestión básica de la relación que en la actualidad nos aísla a unos de otros, ese aislamiento, inevitablemente, engendrará toda clase de desdicha, confusión, odio e ira.

Debemos preguntarnos si es posible entablar una relación en la que no haya ni la más leve sombra de conflicto.

Seguridad significa permanencia, pero, ¿existe algo en la vida que sea permanente?

En nuestras relaciones, buscamos permanencia. Y lo que ocurre, presten atención a esto, es que el concepto mismo de sentir que necesitamos esa seguridad y permanencia se traduce en apego. ¿Se dan cuenta?

Y así hacemos a la otra persona objeto de ese intenso apego, durante un mes, una semana o ciencuenta años, del cual nacen toda clase de conflicto: celos, sospechas, miedo, sentimiento de adquisición y pérdida. Ya saben ustedes a lo que me refiero, ¿no es cierto?

Vamos a suponer que quien les habla, o cualquiera de ustedes, no tiene ese deseo de seguridad y permanencia… No digo que sea así, es simplemente una suposición. ¿Qué es la relación entonces? ¿Entienden la pregunta?

El deseo de estabilidad y el apego, con su correspondiente dolor y placer, ansiedad y miedo, no es amor.

Cuando ese deseo y ese apego estan totalmente ausentes, el otro es como una flor que se abre.

Uno toma la mano de la otra persona, la abraza, camina a su lado, pero interiormente está separado de ella.

Es un hecho, afrontemoslo.

Por consiguiente, hay perpetuo conflicto entre los dos, y uno pregunta, ¿es posible vivir en relación con otro sin que haya conflicto? ¿Se basa en la memoria nuestra relación?

Porque si nuestra relación está hecha de recuerdos, de imagen diversas, entonces todo lo que hay es producto del pensamiento. Y, ¿que es el “pensamiento amor”? Por favor, háganse esta pregunta a ustedes mismos, no es a mi a quien deben responder.

¿Puede haber paz entre los seres humanos, sea cual fuere su color, raza o idioma o su así llamada cultura?

Para lograr esa paz, primero debe haber paz entre usted y el otro, entre usted y su esposa, entre usted y sus hijos. Luego, es posible que haya paz, es decir, que no haya ningún conflicto.

En la ausencia total de conflicto, lo que hay es infinitamente más extraordinario que la actividad del pensamiento.

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Cerrando círculos por Paulo Coelho

9 de febrero de 2013

Siempre es preciso saber cuándo se acaba una etapa de la vida. Si insistes en permanecer en ella más allá del tiempo necesario, pierdes la alegría y el sentido del resto. Cerrando círculos, o cerrando puertas, o cerrando capítulos, como quieras llamarlo. Lo importante es poder cerrarlos, y dejar ir momentos de la vida que se van clausurando.

¿Terminó tu trabajo?, ¿Se acabó tu relación?, ¿Ya no vives más en esa casa?, ¿Debes irte de viaje?, ¿La relación se acabó? Puedes pasarte mucho tiempo de tu presente «revolcándote» en los porqués, en devolver el casete y tratar de entender por qué sucedió tal o cual hecho. El desgaste ya a ser infinito, porque en la vida, tú, yo, tu amigo, tus hijos, tus hermanos, todos y todas estamos encaminados hacia ir cerrando capítulos, ir dando vuelta a la hoja, a terminar con etapas, o con momentos de la vida y seguir adelante.

No podemos estar en el presente añorando el pasado. Ni siquiera preguntándonos porqué. Lo que sucedió, sucedió, y hay que soltarlo, hay que desprenderse. No podemos ser niños eternos, ni adolescentes tardíos, ni empleados de empresas inexistentes, ni tener vínculos con quien no quiere estar vinculado a nosotros. ¡Los hechos pasan y hay que dejarlos ir!

Por eso, a veces es tan importante destruir recuerdos, regalar presentes, cambiar de casa, romper papeles, tirar documentos, y vender o regalar libros.

Los cambios externos pueden simbolizar procesos interiores de superación.

Dejar ir, soltar, desprenderse. En la vida nadie juega con las cartas marcadas, y hay que aprender a perder y a ganar. Hay que dejar ir, hay que dar vuelta a la hoja, hay que vivir sólo lo que tenemos en el presente…

El pasado ya pasó. No esperes que te lo devuelvan, no esperes que te reconozcan, no esperes que alguna vez se den cuenta de quién eres tú… Suelta el resentimiento. El prender «tu televisor personal» para darle y darle al asunto, lo único que consigue es dañarte letalmente, envenenarte y amargarte.

La vida está para adelante, nunca para atrás. Si andas por la vida dejando «puertas abiertas», por si acaso, nunca podrás desprenderte ni vivir lo de hoy con satisfacción. ¿Noviazgos o amistades que no clausuran?, ¿Posibilidades de regresar? (¿a qué?), ¿Necesidad de aclaraciones?, ¿Palabras que no se dijeron?, ¿Silencios que lo invadieron? Si puedes enfrentarlos ya y ahora, hazlo, si no, déjalos ir, cierra capítulos. Dite a ti mismo que no, que no vuelven. Pero no por orgullo ni soberbia, sino, porque tú ya no encajas allí en ese lugar, en ese corazón, en esa habitación, en esa casa, en esa oficina, en ese oficio.

Tú ya no eres el mismo que fuiste hace dos días, hace tres meses, hace un año. Por lo tanto, no hay nada a qué volver. Cierra la puerta, da vuelta a la hoja, cierra el círculo. Ni tú serás el mismo, ni el entorno al que regresas será igual, porque en la vida nada se queda quieto, nada es estático. Es salud mental, amor por ti mismo, desprender lo que ya no está en tu vida.

Recuerda que nada ni nadie es indispensable. Ni una persona, ni un lugar, ni un trabajo. Nada es vital para vivir porque cuando tú viniste a este mundo, llegaste sin ese adhesivo. Por lo tanto, es costumbre vivir pegado a él, y es un trabajo personal aprender a vivir sin él, sin el adhesivo humano o físico que hoy te duele dejar ir.

Es un proceso de aprender a desprenderse y, humanamente se puede lograr, porque te repito: nada ni nadie nos es indispensable. Sólo es costumbre, apego, necesidad. Pero cierra, clausura, limpia, tira, oxigena, despréndete, sacúdete, suéltate.

Hay muchas palabras para significar salud mental y cualquiera que sea la que escojas, te ayudará definitivamente a seguir para adelante con tranquilidad. ¡Esa es la vida!

Por Paulo Coelho – Novelista Brasilero

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