Día 14: «Ustedes son divinos»

El diario de Maryam: 'Lo que no tengo a quien contar'

25 de agosto de 2017

Día 14: "Ustedes son divinos"

Cuando uno viaja varando por los lugares, uno siempre se encuentra personas auténticas, de esas que por convención un día decidieron perseguir un sueño y hacerlo realidad. Normalmente son personas diferentes, tolerantes, adaptables, conscientemente pacientes, que viven más en el ESTAR que en el HACER. Su vida lleva otro ritmo, apenas tienen cosas, disfrutan de cada regalo de la naturaleza, no les invade la prisa, ni las luchas de status, ni los egos, ni las apariencias. Porque están muy por encima de eso, mucho más vivas, más elevadas en el nivel de conciencia y más relajadas. Te pueden hablar de arte, de la vida, de filosofía, y uno se recrea escuchándoles, ya que sus vidas han sido muy intensas e interesantes.

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Día 12: Playa Manglares Baru

El diario de Maryam: 'Lo que no tengo a quien contar'

23 de agosto de 2017

Día 12: Playa Manglares Baru

Después de desayunar tranquilas y empacar una maleta que ya está a rebosar, nos vinieron a recoger del hotel de Baru y tras una hora de recorrido pudiendo descubrir la Cartagena moderna de altas edificaciones, llegamos al hotel.

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Día 9: Ave María (pues aquí hecha una auténtica paisa)

El diario de Maryam: 'Lo que no tengo a quien contar'

20 de agosto de 2017

Día 9: Ave María (pues aquí hecha una auténtica paisa)

Colombia me parece un país precioso, variado, barato, natural, rico en cultura, seguro, divino para conocer; y lo mejor de todo son las personas, me tienen maravillada, son cheveres, tan hospitalarios, te acogen con muchísimo cariño, te invitan a sus casas, te llevan a conocer. Son auténticos anfitriones, te hacen sentir tan bien.

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Día 2: El tiempo se detuvo en Villa de Leyva

El diario de Maryam: 'Lo que no tengo a quien contar'

13 de agosto de 2017

Día 2 El tiempo se detuvo en Villa de Leyva

Después de unas tres horas en microbús autóctono, parando en Tunja, llegamos a Villa de Leyva, un pueblecito patrimonio de Colombia edificado en un valle entre montañas y detenido en el tiempo, con calles empedradas, casas blancas coloniales con balcones de madera y miles de geranios y una enorme plaza principal, que es el centro neurálgico del pueblo, presidida por una catedral sencilla y restaurantes de todo tipo en las balconadas.

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Día 6: Isla de Miyajima

El diario de Maryam: 'Lo que no tengo a quien contar'

15 de agosto de 2016

Día 6: Isla de Miyajima

Hoy desde Hiroshima cogimos el ferry a la isla de Miyajima. Viajar por este país empieza a resultarnos ya muy fácil, tras la confusión inicial nos damos cuenta que está todo muy claro indicado, siempre y cuando no te salgas del procedimiento (algo difícil para mí. He de confesar que estoy progresando adecuadamente). Si ponemos atención ya llegamos a entender el japonés jaja.

La isla es un tesoro de 2 km en el mar Seto, lo primero que te sorprende es encontrar un Tori de más 16 metros en medio de la arena si hay marea baja o en el medio del mar (mucho más bonito) si hay marea alta. Con nuestra suerte tuvimos la ocasión de verlo de las dos formas.

Luego nos fuimos caminando al parque Momijidani sin ser consciente que poco más que era una escalada de 3 horas al monte Misen, sin dudarlo, bajo un sol de justicia, nos encaminamos monte arriba 530 m. Por el camino descubrimos un templo por la Paz que tiene una llama encendida desde hace más de 1200 años, dicen que la encendió un asceta que quedo allí más de 100 días, yo creo que fue para recomponerse de la subida, porque madre mía… bajamos en funicular.

Luego Isa probó las ostras a la plancha, mangar típico del lugar, para quien le gusten, yo preferí un zumito de kiwi, el sabor me resulto más seguro.

De regreso, ya en Hiroshima como llovía a cántaros decidimos probar el tranvía. Creo que nos faltaba aún un poco de aventura, al bajarnos nos cayó una tromba de agua que prometía dejarnos empapadas si no hubiera sido por el súper impermeable que encontramos por 5 euros en el Seven Eleven… El piezon modelo muji para nuestros demás viajes: una joya cuya calidad es de difícil hallazgo.

Acabamos el día al son del penne arrabiata, el risotto y la botella de vino bianco de rigor. Por cierto, también estamos perfeccionando el italiano con acento nipón.

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Día 5: Templo Dorado y viaje a Hiroshima

El diario de Maryam: 'Lo que no tengo a quien contar'

14 de agosto de 2016

Día 5: Templo Dorado y viaje a Hiroshima

Tras dormir un día más como lirones, ayuda la almohada Japo (digna de probar) y desayunar con calma al modo occidental, nos aventuramos a coger un autobús abarrotado de gente, al templo Dorado. Cada vez que hacía una parada sonaba una grabación que parecía que decía «arriba las manos» menuda coña nos trajimos… no sé cómo llegamos pues los carteles eran todos en japonés y a penas los veíamos. La verdad es que de momento estamos saliendo bastante olímpicas.

El viaje al son de la escopeta, mereció la pena, en medio del lago nos encontramos el Templo Dorado de una belleza de sutileza extrema. Que romántico. Un templo de oro en medio de un lago rodeado de un bosque.

De ahí fuimos a la estación a coger el tren para Hiroshima y de nuevo cantamos bingo: llegamos a 12:37 y el tren salía a las 13:10… Los famosos trenes bala he de decidir que no nos parecen tan bala… si van rápido, no se nota.

En Hiroshima tuvimos que re-ubicarnos, el primer hotel no nos gustó, olía a sopa por todas partes, así que sin demora cancelamos la reserva y nos buscamos otro más de nuestro estilo. Una vez ya situadas comenzamos la caminata hasta el memorial de Hiroshima, no sabíamos cómo nos íbamos a encontrar allí, la zona más destruida por la bomba. Curiosamente nos encantó: está en un parque diseñado por Kenzo al margen de un gran río. Se respira una sensación curiosa más cercana a La Paz que a otra cosa.

En medio del parque hay una gran campana que todo visitante ha de tocar para que se escuche el repicar por la paz por todas las partes del mundo.

Cuanto más bonito sería el mundo si todas nuestras acciones fueran al son de la armonía y el bienestar de todos.

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Día 3: Kioto

El diario de Maryam: 'Lo que no tengo a quien contar'

12 de agosto de 2016

Día 3: Kioto

Con el extra de la cena de ayer decidimos coger un taxi (las puertas se abren automáticas, la primera paletada que se hace en Japón es darte con la puerta del taxi pues no te esperas que la puerta venga a ti en vez de tú a la puerta) bajada de bandera 7,90, para ir a la estación (aún las encontramos enormes y de difícil comprensión, son como ciudades subterráneas) el taxista con un gran despliegue de atención nos dejo en el lugar exacto y luego un revisor nos dejó directamente en el tren que además salía en 10 minutos… Un récord teniendo en cuenta que somos viajeras al fluir, de las que no llevamos guía ni miramos horarios.

Dentro del tren seguimos con el guante blanco y los saludos: el jefe de cada estación hace una reverencia al paso de cada tren y el revisor a la salida y entrada de cada vagón…. Si sabéis de algún físio sin trabajo por favor enviarlo para aquí, se va a forrar, aunque sea sólo con el revisor 50 vagones por reverencia entrada y salida, imaginaros como termina.

El viaje fue precioso viendo pueblitos, más bien del mismo tipo, de esos que siempre se ven en las películas de Japón, de casitas de concreto gris, que parecen prefabricadas, callecitas estrechas y personas en bicicleta rodeados de campos de verde intenso. Dicen que Japón es el país de la ARMONIA y creo que es una gran verdad, se respira silencio, equilibrio, limpieza, seguridad absoluta, orden por todas partes.

Ya en Kioto nos fuimos directas al hotel, la verdad es que nos están saliendo todos muy chulos, el único «pero» es el tamaño de las habitaciones que es diminuto, así son en este país. Muertas de hambre nos lanzamos a la prueba de la comida japonesa en un precioso restaurante impoluto, en medio de un jardín. Elegimos a golpe de ojo, señalando lo que veíamos que nos apetecía. Nada, definitivamente no es lo nuestro…. Algo tiene en el olor y sabor que nos empacha y nos echa para atrás. Lo bueno es que estamos las dos en la misma sintonía, así que tomamos una decisión caminar en busca de banderas italianas (así es como anuncian los restaurantes italianos).

Hace muchísimo calor, lo cual no nos impide caminar y perdernos por todas las callejuelas estrechas de Gion, el maravilloso barrio de las Geishas, igual que en la película esta súper bien conservado: con sus casitas iguales de madera oscura, sus bicis en la puerta, algunas macetas… Parece un escenario.

Se ven a muchas mujeres paseando con el kimono, creo que por sí cuela, pero por su actitud uno se da cuenta que no son Geishas, sólo quedan 1000 practicantes de este detallista oficio y creo que sólo salen por las noches. Nuestras noches son de otro tipo: cenita con vino, baños de intensidad a fondo y rendimiento encima del colchón, creo que comprensible después de una media de 12 km. diarios a pie.

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Día 2: mercado Tsukiji y Ginza

El diario de Maryam: 'Lo que no tengo a quien contar'

11 de agosto de 2016

Día 2: mercado Tsukiji y Ginza

Día completo, vagabundeando y descubriendo esta cultura tan sorprendente. El mercado multicolor lleno de utensilios de cocina, platos del día expuestos en vivo o realizados en cera, más de un pescado natural o envasado en bolsas sintácticas nos han dado la primera visión de lo que entendemos aún por el Japón más auténtico… Se respiraba paz, silencio y me maravilló el cuidado de cada pequeño detalle: los envoltorios, los pastelitos, la forma de colocar las frutas y los vasitos de té…

He de confesar, y no me importa, que a ninguna de las dos nos gusta la comida japonesa, todavía nos estamos resistiendo, sabemos que algún día sucumbiremos a esa parte del viaje que suelen denominar de delicatesen… Todavía no hemos sido capaces… Hemos recorrido más de 2 km en busca de un mísero pedacito de pizza (tampoco es nuestro fuerte) y por supuesto el ansiado vino blanco jajaja, eso sí con aceitunas aderezadas al toque del tempura, por aquello de estar en Tokio. La cena nos costó 35 euros, nos devolvieron 60 euros que cogimos pensando que nos habíamos equivocado, ya en el hotel nos dimos cuenta que se habían equivocado ellos.

Nos han encantado los edificios modernos, las impolutas calles sin ni siquiera papeleras, el caminar delicado de las mujeres vestidas de ursulinas, los ceniceros inexistentes… la no prisa y el saludo reverencial de cabeza en cualquier organismo (como andarán de cervicales los pobrecitos, no paran de agacharse) se respira un toque de Segunda Guerra Mundial, los taxistas y revisores trajeados con guante blanco… los ejecutivos de caminar cansado y un punto soberbio. El consumo de lujo común para nosotras excesivo… los niños de ojos rasgados vestidos de colores con caritas sonrientes. La emocionalidad sí visible pese a lo que siempre critican de los japoneses.

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La vida es un movimiento de relación

8 de abril de 2015

La vida es un movimiento de relación. Dos personas que viven juntas quizás se encuentren en la cama, pero por lo demás llevan vidas con intereses distintos. Son como dos líneas paralelas que nunca se encuentran. Y a esto, en lo que no existe un verdadero sentimiento de amor, llamamos relación.

¿Cómo es que los seres humanos con sus extraordinarias capacidades y su energía, con la inteligencia que han demostrado en el plano tecnológico, no han sabido resolver esta cuestión, este problema tan esencial? Ya puede uno meditar, dedicar su vida a la búsqueda de la iluminación, seguir al último gurú o a la última manifestación de lo que quiera que uno siga; si uno no ha resuelto este problema, ninguno de sus logros espirituales ni hallazgos tecnológicos le servirá de nada. Porque nuestra vida es relación, y mientras no resolvamos esta cuestión básica de la relación que en la actualidad nos aísla a unos de otros, ese aislamiento, inevitablemente, engendrará toda clase de desdicha, confusión, odio e ira.

Debemos preguntarnos si es posible entablar una relación en la que no haya ni la más leve sombra de conflicto.

Seguridad significa permanencia, pero, ¿existe algo en la vida que sea permanente?

En nuestras relaciones, buscamos permanencia. Y lo que ocurre, presten atención a esto, es que el concepto mismo de sentir que necesitamos esa seguridad y permanencia se traduce en apego. ¿Se dan cuenta?

Y así hacemos a la otra persona objeto de ese intenso apego, durante un mes, una semana o ciencuenta años, del cual nacen toda clase de conflicto: celos, sospechas, miedo, sentimiento de adquisición y pérdida. Ya saben ustedes a lo que me refiero, ¿no es cierto?

Vamos a suponer que quien les habla, o cualquiera de ustedes, no tiene ese deseo de seguridad y permanencia… No digo que sea así, es simplemente una suposición. ¿Qué es la relación entonces? ¿Entienden la pregunta?

El deseo de estabilidad y el apego, con su correspondiente dolor y placer, ansiedad y miedo, no es amor.

Cuando ese deseo y ese apego estan totalmente ausentes, el otro es como una flor que se abre.

Uno toma la mano de la otra persona, la abraza, camina a su lado, pero interiormente está separado de ella.

Es un hecho, afrontemoslo.

Por consiguiente, hay perpetuo conflicto entre los dos, y uno pregunta, ¿es posible vivir en relación con otro sin que haya conflicto? ¿Se basa en la memoria nuestra relación?

Porque si nuestra relación está hecha de recuerdos, de imagen diversas, entonces todo lo que hay es producto del pensamiento. Y, ¿que es el “pensamiento amor”? Por favor, háganse esta pregunta a ustedes mismos, no es a mi a quien deben responder.

¿Puede haber paz entre los seres humanos, sea cual fuere su color, raza o idioma o su así llamada cultura?

Para lograr esa paz, primero debe haber paz entre usted y el otro, entre usted y su esposa, entre usted y sus hijos. Luego, es posible que haya paz, es decir, que no haya ningún conflicto.

En la ausencia total de conflicto, lo que hay es infinitamente más extraordinario que la actividad del pensamiento.

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Dalai Lama: Inner Peace, Happiness, God and Money

3 de noviembre de 2014

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