Carta de una madre a su hija

20 de octubre de 2014

Mi querida hija, el día que me veas vieja, te pido por favor que tengas paciencia, pero sobre todo trata de entenderme. Si cuando hablamos, repito lo mismo mil veces, no me interrumpas para decirme “eso ya me lo contaste” solamente escúchame por favor, y recuerda los tiempos en que eras niña y yo te leía la misma historia, noche tras noche hasta que te quedabas dormida. Cuando no me quiera bañar, no me regañes y por favor no trates de avergonzarme, solamente recuerda las veces que yo tuve que perseguirte con miles de excusas para que te bañaras cuando eras niña.

Cuando veas mi ignorancia ante la nueva tecnología, dame el tiempo necesario para aprender, y por favor no hagas esos ojos ni esas caras de desesperada. Recuerda mi querida, que yo te enseñé a hacer muchas cosas como comer apropiadamente, vestirte y peinarte por ti misma y como confrontar y lidiar con la vida.

Si ocasionalmente pierdo la memoria o el hilo de la conversación, dame el tiempo necesario para recordar y si no puedo, no te pongas nerviosa, impaciente o arrogante.

Solamente ten presente en tu corazón que lo más importante para mí es estar contigo y que me escuches. Y cuando mis cansadas y viejas piernas, no me dejen caminar como antes, dame tu mano, de la misma manera que yo te las ofrecí cuando diste tus primero pasos.

Cuando estos días vengan, no te debes sentir triste o incompetente de verme así, sólo te pido que estés conmigo, que trates de entenderme y ayudarme mientras llego al final de mi vida con amor. Y con gran cariño por el regalo de tiempo y vida, que tuvimos la dicha de compartir juntas, te lo agradeceré.

Con una enorme sonrisa y con el inmenso amor que siempre te he tenido, sólo quiero decirte que te amo, mi querida hija.

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RILKE: AL ESCRIBIR

4 de julio de 2014

Al escribir no se atenga a temas generales, que entre en sí mismo y saque de ahí sus temas, que busque la hondura de las cosas cotidianas, ya que «en lo hondo todo se hace ley» y sobre todo que se sumerja en el gran silencio que lo constituye, en lo oscuro, en lo indecible, en lo inconsciente, y aguarde con humildad y paciencia («la paciencia lo es todo») el descenso de la claridad.

El destino de los artistas debe salir de ellos mismos, no llegarles desde fuera. Debe surgir de su «gran soledad interior», una soledad que es un constante mantenerse en lo difícil, que crea una lejanía en torno a ellos, una cercanía lejana respecto al resto de los hombres.

El artista no debe desconfiar de su mundo interior, no debe excluir nada de él, ni siquiera lo más enigmático. Debe amar sus dudas, educarlas y convertirlas en «dudas sabedoras». El artista debe vivir a fondo las preguntas más torturantes, debe ser valiente con lo extraño e inexplicable. No debe temer las tristezas, pues éstas son sólo los momentos en que ha entrado algo nuevo en nosotros, algo desconocido, y nos ha quitado por un momento todo lo familiar y habitual.

En definitiva y como conclusión de este decálogo epistolar, Rilke afirma que la vida tiene siempre razón en todos los casos y que «el arte es sólo un modo de vivir, y uno, viviendo de cualquier manera, se puede preparar para él: en todo lo real se está más cerca y más vecino de él que en esos irreales oficios semiartísticos que, reflejando una proximidad al arte, niegan en la práctica la existencia de todo arte y lo atacan, como hace todo el periodismo, y casi toda la crítica, y tres cuartas partes de eso que se llama y quiere llamarse literatura«.

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