Día 9: Takayama – Tokio (barrio de Asakusa)

El diario de Maryam: 'Lo que no tengo a quien contar'

18 de agosto de 2016

Día 9: Takayama - Tokio (barrio de Asakusa)

Volvimos a desayunar en El café Don, hoy ya nos recibieron como auténticas clientas, nos dieron la mejor mesa del lugar y nos amenizaron con música de jazz, un disfrute para los sentidos.

De ahí nos dirigimos al mercado local, donde los campesinos venden sus pequeñas producciones de tomate, melocotones, berenjenas, calabazas y calabacines diminutos, modelo bonsai. También había artesanía hecha por ellos. Nos encantó conocer este Japón rural, que personalmente ni imaginaba que existía.

Partimos hacia Tokio ya con dominio: con lugar reservado, revisor llevándonos hasta el mismo vagón y sabiendo donde dejar las maletas para no cargar con ellas. Es una pena que hoy nos caduque el pase, Japan Raíl, porque ya nos habíamos vuelto maestras de la técnica.

La llegada a la estación de Tokio fue una locura, gente corriendo por todas partes, miles de señales, la mayoría en Japo… Aún no se ni como sobrevivimos, que estrés y que locura de corre que te corre. Decidimos probar el metro que aún no lo habíamos hecho… Un poco viajecillo pero muy bien comunicado con todo. Llegamos al hotel en Asakusa (el barrio más antiguo de Tokio) de nuevo habitación diminuta, ya le estamos también cogiendo el hilo a esto de tamaño (definitivamente el tamaño importa).

Asakusa es como la puerta del sol y la calle mayor, de mucho turisteo, nada que ver con Ginza (barrio de Salamanca) donde fuimos al principio, pero queríamos conocer diferentes barrios.

La cena hoy ha sido más modesta: pizza y vino; con el brexit hemos tenido que ajustar el presupuesto. También tiene su punto eso de estar reajustándonos jajaja…

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Día 2: mercado Tsukiji y Ginza

El diario de Maryam: 'Lo que no tengo a quien contar'

11 de agosto de 2016

Día 2: mercado Tsukiji y Ginza

Día completo, vagabundeando y descubriendo esta cultura tan sorprendente. El mercado multicolor lleno de utensilios de cocina, platos del día expuestos en vivo o realizados en cera, más de un pescado natural o envasado en bolsas sintácticas nos han dado la primera visión de lo que entendemos aún por el Japón más auténtico… Se respiraba paz, silencio y me maravilló el cuidado de cada pequeño detalle: los envoltorios, los pastelitos, la forma de colocar las frutas y los vasitos de té…

He de confesar, y no me importa, que a ninguna de las dos nos gusta la comida japonesa, todavía nos estamos resistiendo, sabemos que algún día sucumbiremos a esa parte del viaje que suelen denominar de delicatesen… Todavía no hemos sido capaces… Hemos recorrido más de 2 km en busca de un mísero pedacito de pizza (tampoco es nuestro fuerte) y por supuesto el ansiado vino blanco jajaja, eso sí con aceitunas aderezadas al toque del tempura, por aquello de estar en Tokio. La cena nos costó 35 euros, nos devolvieron 60 euros que cogimos pensando que nos habíamos equivocado, ya en el hotel nos dimos cuenta que se habían equivocado ellos.

Nos han encantado los edificios modernos, las impolutas calles sin ni siquiera papeleras, el caminar delicado de las mujeres vestidas de ursulinas, los ceniceros inexistentes… la no prisa y el saludo reverencial de cabeza en cualquier organismo (como andarán de cervicales los pobrecitos, no paran de agacharse) se respira un toque de Segunda Guerra Mundial, los taxistas y revisores trajeados con guante blanco… los ejecutivos de caminar cansado y un punto soberbio. El consumo de lujo común para nosotras excesivo… los niños de ojos rasgados vestidos de colores con caritas sonrientes. La emocionalidad sí visible pese a lo que siempre critican de los japoneses.

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