Día 2: El tiempo se detuvo en Villa de Leyva

El diario de Maryam: 'Lo que no tengo a quien contar'

13 de agosto de 2017

Día 2 El tiempo se detuvo en Villa de Leyva

Después de unas tres horas en microbús autóctono, parando en Tunja, llegamos a Villa de Leyva, un pueblecito patrimonio de Colombia edificado en un valle entre montañas y detenido en el tiempo, con calles empedradas, casas blancas coloniales con balcones de madera y miles de geranios y una enorme plaza principal, que es el centro neurálgico del pueblo, presidida por una catedral sencilla y restaurantes de todo tipo en las balconadas.

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Síndrome de Peter Pan

9 de febrero de 2015

Síndrome de Peter Pan

Los hombres que viven, sienten y no quieren renunciar a ser niños. Inmaduros, irresponsables y egoístas.

Aún en un cuerpo de adulto su comportamiento es infantil: se resisten a crecer, huyendo de todo lo que implique compromiso, les da pánico perder su libertad.

Temen el abandono y la soledad, viven siempre de puertas a fuera, rodeados de amigos.

Pese a parecer que siempre están alegres y contentos, dentro de sí sienten insatisfacciones pero no hacen nada por coger las riendas de su vida, eso sí se las ingenian estupendamente para que otros asuman sus responsabilidades.

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Frase

29 de junio de 2013

Me encanta esta frase:

«Creo que a través de las vivencias personales que experimentamos, vamos comprendiendo la sencillez que habita en la palabra AMOR. Las concesiones emocionales disminuyen de manera natural, se deja de invertir energía en aquello que simplemente no fluye. Sin reproches, con la serenidad que aporta ser consciente de lo efímero que es el paso por la vida y lo valioso que es mantenerse cerca y ocuparse de las uniones que uno siente que circulan libres, honestas y generosas. Aquellas que sencillamente amas y te aman.»

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Artículo de Ángeles Caso

9 de febrero de 2013

He leído este artículo y me siento totalmente identificada. Por eso quiero compartirlo con todos los que nos seguís en la Federación Autismo Madrid.

Artículo publicado en La Vanguardia, escrito por la periodista Ángeles Caso .

«Será porque tres de mis más queridos amigos se han enfrentado inesperadamente estas Navidades a enfermedades gravísimas. O porque, por suerte para mí, mi compañero es un hombre que no posee nada material pero tiene el corazón y la cabeza más sanos que he conocido y cada día aprendo de él algo valioso. O tal vez porque, a estas alturas de mi existencia, he vivido ya las suficientes horas buenas y horas malas como para empezar a colocar las cosas en su sitio. Será, quizá, porque algún bendito ángel de la sabiduría ha pasado por aquí cerca y ha dejado llegar una bocanada de su aliento hasta mí. El caso es que tengo la sensación –al menos la sensación– de que empiezo a entender un poco de qué va esto llamado vida.

Casi nada de lo que creemos que es importante me lo parece. Ni el éxito, ni el poder, ni el dinero, más allá de lo imprescindible para vivir con dignidad. Paso de las coronas de laureles y de los halagos sucios. Igual que paso del fango de la envidia, de la maledicencia y el juicio ajeno. Aparto a los quejumbrosos y malhumorados, a los egoístas y ambiciosos que aspiran a reposar en tumbas llenas de honores y cuentas bancarias, sobre las que nadie derramará una sola lágrima en la que quepa una partícula minúscula de pena verdadera. Detesto los coches de lujo que ensucian el mundo, los abrigos de pieles arrancadas de un cuerpo tibio y palpitante, las joyas fabricadas sobre las penalidades de hombres esclavos que padecen en las minas de esmeraldas y de oro a cambio de un pedazo de pan.

Rechazo el cinismo de una sociedad que sólo piensa en su propio bienestar y se desentiende del malestar de los otros, a base del cual construye su derroche. Y a los malditos indiferentes que nunca se meten en líos. Señalo con el dedo a los hipócritas que depositan una moneda en las huchas de las misiones pero no comparten la mesa con un inmigrante. A los que te aplauden cuando eres reina y te abandonan cuando te salen pústulas. A los que creen que sólo es importante tener y exhibir en lugar de sentir, pensar y ser.

Y ahora, ahora, en este momento de mi vida, no quiero casi nada. Tan sólo la ternura de mi amor y la gloriosa compañía de mis amigos. Unas cuantas carcajadas y unas palabras de cariño antes de irme a la cama. El recuerdo dulce de mis muertos. Un par de árboles al otro lado de los cristales y un pedazo de cielo al que se asomen la luz y la noche. El mejor verso del mundo y la más hermosa de las músicas. Por lo demás, podría comer patatas cocidas y dormir en el suelo mientras mi conciencia esté tranquila.

También quiero, eso sí, mantener la libertad y el espíritu crítico por los que pago con gusto todo el precio que haya que pagar. Quiero toda la serenidad para sobrellevar el dolor y toda la alegría para disfrutar de lo bueno. Un instante de belleza a diario. Echar desesperadamente de menos a los que tengan que irse porque tuve la suerte de haberlos tenido a mi lado. No estar jamás de vuelta de nada. Seguir llorando cada vez que algo lo merezca, pero no quejarme de ninguna tontería. No convertirme nunca, nunca, en una mujer amargada, pase lo que pase. Y que el día en que me toque esfumarme, un puñadito de personas piensen que valió la pena que yo anduviera un rato por aquí. Sólo quiero eso. Casi nada o todo».

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