Día 4: Nara

El diario de Maryam: 'Lo que no tengo a quien contar'

13 de agosto de 2016

Día 4 Nara

De nuevo nos toca la gorda, llegamos a la estación y el tren a Nara sale en 5 minutos, ni necesitamos correr. A nuestro alrededor todos los turistas cargados de mochilas, guías, mapas y horarios de trenes. Nosotras ligeras de equipaje llegamos a los mismos lugares sin estrés.

Ya dentro del tren vemos que casi todos se bajan en Inari, sin preguntar decidimos hacer lo mismo, pues nos damos cuenta que ahí está unos de los templos sintoístas que más nos apetece ver Fushimi Inari. Después de unos rezos y petición de deseos al modo de aquí (ya dominamos la práctica: moneda, toque de cuerda con sonido de cascabel, reverencia, palmitas, petición de deseo y reverencia) nos adentramos en el templo Fushimi dedicado al dios Shinto del arroz, y recorremos los senderos marcados con miles de puertas tori color rojo que tanto nos recuerda las imágenes de Memorias de una Geisha… que preciosidad.

De ahí salimos a la búsqueda del siguiente templo, Kasuga, pensamos que está a 20 minutos caminando y sin dudarlo nos ponemos en marcha, y a los 5 minutos nos dimos de frente con él. Fue una de esas alegrías sencillas de la vida que hacen mucha ilusión, pues el calor estaba ya en fase de derretirnos. Allí encontramos un lugar de esos que invitan a estar con uno, y al deleite de un té verde frío (está buenísimo) donde con calma nos tomamos el tiempo de escribir nuestros deseos y dejar allí constancia de esta visita, mientras respiramos el dulce aroma de lo antiguo.

De nuevo en la estación descubrimos una nueva señal del WC (después de usar eche jabón en una toallita y límpielo). No creo que yo esté obsesionada pero aquí el WC es un asunto, creo que voy a comenzar una colección de cartelitos.

De vuelta en Kioto apenas sin espera de trenes, decidimos caminar hacia el hotel para seguir disfrutando la ciudad y los pequeños lugares que van saliendo a nuestro encuentro. Nos ha encantado Kioto es de esos lugares que uno encuentra por el mundo en el que conviven bien dos mundos. Son sitios en el que los viajeros (no turistas) varan un tiempo antes de proseguir el viaje… siempre me han gustado estos enclaves.

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Día 3: Kioto

El diario de Maryam: 'Lo que no tengo a quien contar'

12 de agosto de 2016

Día 3: Kioto

Con el extra de la cena de ayer decidimos coger un taxi (las puertas se abren automáticas, la primera paletada que se hace en Japón es darte con la puerta del taxi pues no te esperas que la puerta venga a ti en vez de tú a la puerta) bajada de bandera 7,90, para ir a la estación (aún las encontramos enormes y de difícil comprensión, son como ciudades subterráneas) el taxista con un gran despliegue de atención nos dejo en el lugar exacto y luego un revisor nos dejó directamente en el tren que además salía en 10 minutos… Un récord teniendo en cuenta que somos viajeras al fluir, de las que no llevamos guía ni miramos horarios.

Dentro del tren seguimos con el guante blanco y los saludos: el jefe de cada estación hace una reverencia al paso de cada tren y el revisor a la salida y entrada de cada vagón…. Si sabéis de algún físio sin trabajo por favor enviarlo para aquí, se va a forrar, aunque sea sólo con el revisor 50 vagones por reverencia entrada y salida, imaginaros como termina.

El viaje fue precioso viendo pueblitos, más bien del mismo tipo, de esos que siempre se ven en las películas de Japón, de casitas de concreto gris, que parecen prefabricadas, callecitas estrechas y personas en bicicleta rodeados de campos de verde intenso. Dicen que Japón es el país de la ARMONIA y creo que es una gran verdad, se respira silencio, equilibrio, limpieza, seguridad absoluta, orden por todas partes.

Ya en Kioto nos fuimos directas al hotel, la verdad es que nos están saliendo todos muy chulos, el único «pero» es el tamaño de las habitaciones que es diminuto, así son en este país. Muertas de hambre nos lanzamos a la prueba de la comida japonesa en un precioso restaurante impoluto, en medio de un jardín. Elegimos a golpe de ojo, señalando lo que veíamos que nos apetecía. Nada, definitivamente no es lo nuestro…. Algo tiene en el olor y sabor que nos empacha y nos echa para atrás. Lo bueno es que estamos las dos en la misma sintonía, así que tomamos una decisión caminar en busca de banderas italianas (así es como anuncian los restaurantes italianos).

Hace muchísimo calor, lo cual no nos impide caminar y perdernos por todas las callejuelas estrechas de Gion, el maravilloso barrio de las Geishas, igual que en la película esta súper bien conservado: con sus casitas iguales de madera oscura, sus bicis en la puerta, algunas macetas… Parece un escenario.

Se ven a muchas mujeres paseando con el kimono, creo que por sí cuela, pero por su actitud uno se da cuenta que no son Geishas, sólo quedan 1000 practicantes de este detallista oficio y creo que sólo salen por las noches. Nuestras noches son de otro tipo: cenita con vino, baños de intensidad a fondo y rendimiento encima del colchón, creo que comprensible después de una media de 12 km. diarios a pie.

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